Antonio Blay · Alice Miller · Byron Katie · Edward Bach
Jesús Quintero
- Jesús Quintero
- Periodista, entrevistador y referente de la escucha profunda
- Una forma única de escuchar
- Cinco claves de su legado
- El valor del silencio
- La escucha sin exhibición
- La dignidad de los anónimos
- La vulnerabilidad compartida
- El arte de preguntar directo al hueso
- Interioridad, sufrimiento y trabajo psíquico
- Programas emblemáticos
- Un eco que continúa
- La Colina del Loco. Radio Invento
- Lo que Jesús Quintero aporta al acompañamiento terapéutico
- Su influencia en mi camino como terapeuta
Periodista, entrevistador y referente de la escucha profunda
Jesús Quintero convirtió la entrevista en un espacio de presencia, silencio y verdad. No fue un periodista en el sentido canónico, sino un artista de la entrevista situado en la frontera del psicoanálisis y el arte dramático. Su forma de escuchar sigue siendo una referencia viva para el acompañamiento terapéutico, el desarrollo personal y cualquier vínculo humano que necesite profundidad, atención y respeto por el ritmo del otro.
San Juan del Puerto, Huelva (1940) — Ubrique, Cádiz (2022)
Jesús Quintero hizo de la escucha una forma de dignidad. Utilizó el micrófono como un diván nocturno donde la palabra y el silencio pesaban lo mismo. En una España que despertaba de la dictadura a una democracia neonata, se erigió como el espejo donde una sociedad fragmentada podía reconocerse. Desde su propia vulnerabilidad, ofreció un salvavidas a los náufragos de la noche, otorgando la misma dignidad al aristócrata que al presidiario.
Una forma única de escuchar
Jesús Rodríguez Quintero nació en agosto de 1940 en San Juan del Puerto, Huelva. Creció en una España de posguerra y desde muy temprano desarrolló una sensibilidad especial hacia la voz, la palabra y la presencia del otro.
Lo escuché por primera vez siendo adolescente, por las noches, en Radio Guadalquivir, una emisora de Sevilla. Aquella escucha nocturna fue una de mis primeras experiencias de lo que más tarde reconocería como presencia: alguien que estaba ahí, sin invadir, creando un espacio donde algo verdadero podía aparecer.
Sus primeros pasos profesionales estuvieron ligados a la radio. Trabajó en Radio Popular de Huelva y más tarde en Radio Nacional de España en Sevilla y Madrid. Con el tiempo fue creando un estilo inconfundible, alejado del periodismo acelerado y del espectáculo vacío.
Programas como El loco de la colina, El hombre de la roulotte y El perro verde transformaron la manera de entrevistar en España. Quintero no buscaba solo respuestas. Buscaba algo más difícil: que la persona entrevistada pudiera encontrarse consigo misma mientras hablaba. Ordenaba la realidad en lo que llamaba "carpetas de vidas" —poetas, locos, políticos, marginados—, un caos organizado que abarcaba todas las contradicciones de la condición humana.
A lo largo de su trayectoria realizó miles de entrevistas a figuras conocidas y a personas anónimas. Lo que las hacía memorables no era solo el invitado, sino la atmósfera que él creaba: silencios largos, preguntas precisas, pausas reales y una atención poco común. Falleció en 2022, dejando una huella muy singular en la cultura española.
La radio es un salvavidas que se arroja al oscuro mar de la noche para que no se ahoguen los náufragos.
Cinco claves de su legado
El valor del silencio
Quintero comprendió que el silencio no es ausencia ni vacío. Es espacio. Superó el horror vacui y convirtió la pausa en una destreza comunicativa. Sus silencios permitían que la "teja maestra" de la psique se asomara sin interrupciones, que algo más verdadero emergiera sin prisa y sin obligación de llenar cada hueco con palabras.
La escucha sin exhibición
No entrevistaba para lucirse. Escuchaba de verdad. Su presencia dejaba al otro en el centro y convertía cada conversación en una experiencia de atención, respeto y profundidad. Como decía Julia Otero, convirtió el vacío en una destreza comunicativa que abría al otro.
La dignidad de los anónimos
Dio voz a quienes no tenían sitio en otras estanterías: prostitutas, presos, drogadictos y colectivos LGTBI en los años 80. Entrevistaba con igual fascinación a Borges, a El Lute o a un desconocido. Democratizó el interés humano bajo la premisa de que nada de la tierra le era ajeno.
La vulnerabilidad compartida
Quintero no se ocultaba tras una fachada de omnipotencia. Admitió públicamente su depresión, sus estancias psiquiátricas y su fragilidad. Esa honestidad creó un vínculo indestructible con una audiencia que también se sentía "mal de la azotea". Su vulnerabilidad fue su puente más sólido hacia el oyente.
El arte de preguntar directo al hueso
Sus preguntas descolocaban con una gentileza precisa. Preguntaba a Julieta Masina por la existencia de Dios o a una jueza por el amor en las leyes. Buscaba la esencia del ser por encima del currículum o del éxito profesional. Cada pregunta era una invitación a encontrarse.
Interioridad, sufrimiento y trabajo psíquico
Quintero no solo escuchaba el dolor ajeno. Habitaba el propio.
El loco de la colina nació como una terapia personal nocturna tras su paso por el sofá del psicoanalista. Fue precisamente esa experiencia como analizando —ser escuchado sin juicio, habitar el silencio, sostener la incertidumbre— la que le enseñó a escuchar de verdad. Lo que aprendió tumbado en el diván lo trasladó al micrófono: la paciencia, la atención flotante, el respeto por el ritmo del otro. Su cualidad de escucha no fue solo un talento innato; fue una destreza forjada en su propio proceso terapéutico. El programa era, en cierto modo, su propia forma de sublimación: transformar la angustia en contenido artístico, en presencia, en acompañamiento a otros náufragos.
En 1986 atravesó una crisis profunda. Admitió estar "mal" y que el micrófono ya no le curaba. Salió de la SER para "caminar hacia dentro". Declaró haber estado cinco o seis veces en instituciones psiquiátricas, llegando a realizar programas desde allí para normalizar la locura. Mercedes de Pablos lo definió como "el prozac de los pobres".
El personaje de "El Loco" no era solo un nombre. Era una identidad arquetípica que le permitía explorar su sensibilidad extrema sin ser destruido por el juicio social. Había un desdoblamiento consciente entre Jesús y El Loco —una máscara que protegía al hombre mientras liberaba al artista—.
Su capacidad de escucha profunda emanaba directamente de su propia vivencia de la noche oscura del alma. Conectaba con los marginados porque compartía con ellos la condición de náufrago en una sociedad que solo valoraba el éxito y la cordura aparente. Tras los grandes triunfos sobrevenía siempre una caída emocional profunda. Y desde ahí, desde esa honestidad radical con el propio sufrimiento, volvía a encender el micrófono.
Busca lo que no se escucha.
Programas emblemáticos
- El loco de la colina — El espacio que marcó una época. Nacido como terapia nocturna personal, se convirtió en el programa que transformó la radio española. Un lugar donde la madrugada se llenaba de voces que necesitaban ser escuchadas.
- El hombre de la roulotte — Un formato íntimo y singular donde la entrevista se volvía encuentro. Quintero recorría España con su roulotte, llevando el micrófono al territorio del otro.
- El perro verde — Programa televisivo que consolidó su estilo ante una nueva generación de espectadores y demostró que su forma de escuchar funcionaba también ante las cámaras.
- Ratones colorados — Su última etapa en televisión y una nueva expresión de su manera de conversar, manteniendo la misma atención y el mismo respeto por la palabra.
Un eco que continúa
Tras su muerte, su hija impulsó el podcast La Colina del Loco. Radio Invento, una forma de prolongar su universo sonoro y mantener viva esa manera tan singular de escuchar, preguntar y acompañar desde la voz.
La Colina del Loco. Radio Invento
Documental sonoro sobre El loco de la colina, el programa nocturno que revolucionó la radio. A comienzos de los años 80, Jesús Quintero irrumpió en la emisora de Sevilla y transformó las madrugadas con una forma de entrevistar marcada por el silencio, la escucha y la profundidad.
Por este universo pasaron figuras políticas, escritores y artistas, pero también personas anónimas a las que entrevistó con el mismo rigor y la misma atención. Supo reconocer su genialidad, su agudeza y la fuerza singular de sus historias.
Lo que Jesús Quintero aporta al acompañamiento terapéutico
La forma de estar de Jesús Quintero recuerda algo fundamental para cualquier proceso de terapia o autoconocimiento: no siempre hace falta intervenir más. A veces hace falta escuchar mejor.
Su estilo dialoga directamente con el acompañamiento terapéutico profundo. No diagnosticaba; escuchaba la "teja maestra descolocada" del otro. Y en esa escucha, algo se reorganizaba.
En un proceso de acompañamiento terapéutico, su legado puede ayudar a:
- comprender que la escucha profunda ya es en sí misma una forma de sostén —estar para el otro sin el ruido de la propia opinión—
- valorar el silencio como un espacio donde puede aparecer lo que todavía no tiene palabras
- reconocer que la presencia sin juicio favorece más verdad y menos defensa
- respetar los tiempos de procesamiento emocional del otro, huyendo de la celeridad y la prisa por intervenir
- priorizar la verdad emocional sobre el dato —el sentir sobre el interpretar—
- recuperar una forma más humana de encuentro, menos directiva y más abierta a lo que emerge
- entender que la sublimación del dolor puede devolver el sufrimiento como amor o arte —lo que Cristina Peri Rossi llamó "alquimia superior"—
Mi vida ha sido eso: preguntar.
Su influencia en mi camino como terapeuta
Jesús Quintero fue uno de mis primeros maestros sin saberlo. Lo escuchaba de adolescente por las noches en Radio Guadalquivir, en Sevilla, y algo de su forma de estar se quedó en mí antes de que pudiera nombrarlo.
Quintero encarna una cualidad profundamente valiosa en cualquier camino serio de desarrollo personal: la capacidad de estar con el otro sin invadirlo. Su manera de entrevistar mostraba que la presencia puede ser más transformadora que la prisa, la técnica o la necesidad de obtener respuestas inmediatas.
Esta sensibilidad resuena con el núcleo de la Terapia Esencial y del Modelo Terapéutico de Autodesarrollo: crear las condiciones para que la persona pueda escucharse a sí misma con más verdad y menos miedo. No reparar nada desde fuera, sino facilitar un espacio donde el propio sistema recuerde cómo sanarse.
Lo que Quintero hacía con el micrófono —generar comodidad, respetar el ritmo, dejar que aparezca lo que necesita aparecer— es lo mismo que ocurre en un espacio terapéutico profundo. Su "provocación gentil", esas preguntas directas al hueso que descolocaban sin agredir, conecta con la función del terapeuta: no dar respuestas, sino formular las preguntas que permiten al otro encontrarse.
Su vulnerabilidad compartida —la admisión pública de su sufrimiento, sus depresiones, su paso por instituciones psiquiátricas— también enseña algo esencial: que la herida propia, cuando se integra, se convierte en la fuente más legítima de empatía. Quintero conectaba con los marginados porque compartía con ellos la condición de náufrago. Y esa empatía desde la herida es uno de los pilares del acompañamiento terapéutico real.
En el trabajo psicocorporal y en la práctica clínica con trauma, su legado recuerda algo sencillo: cuando alguien se siente realmente escuchado, algo empieza a aflojarse por dentro. El cuerpo suelta. El sistema nervioso se regula. Y desde ahí puede comenzar una transformación más real, más humana y más profunda.
Antonio Blay · Alice Miller · Byron Katie · Edward Bach
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